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Le saqué la tablet un martes. El jueves se la devolví.

Voy a empezar por la parte que no queda bien contar.

Un martes decidí que se terminaba. Le saqué la tablet a mi hija, con discurso incluido, convencido de que estaba haciendo lo correcto.

El miércoles fue un día largo. El jueves a la tarde se la devolví.

Por qué fracasé

No fracasé porque me faltara carácter. Fracasé porque saqué algo y no puse nada en su lugar.

Una tablet no es solo una pantalla: es media hora resuelta. Es la cena que se cocina tranquila, el mensaje que se contesta, el rato en que nadie reclama nada. Cuando la sacás, ese hueco no desaparece: te lo comés vos. Y a las 48 horas, cansado, la devolvés.

Del otro lado hay empresas con equipos enteros dedicados a que ese aparato sea más atractivo que cualquier cosa que vos pongas sobre la mesa. Competir con eso a fuerza de prohibición es perder.

Lo que sí me hizo ruido

Antes de todo eso yo ya venía notando cosas. Después de un rato largo de pantalla mi hija volvía distinta: más irritable, con menos paciencia, más difícil de traer de vuelta a una conversación. Y algo que me llamó todavía más la atención, porque no me lo esperaba: le costaba más agarrar el lápiz.

Buscando entender llegué al trabajo del pediatra alemán Peter Winterstein, que le pidió a casi 2.000 chicos de 5 y 6 años que dibujaran una figura humana y después comparó los dibujos según cuántas horas de pantalla tenían por día. No hace falta ser médico para mirar esos dibujos uno al lado del otro y quedarse callado un rato.

No vengo a dar cátedra: es un estudio observacional, muestra una asociación, no una causa probada. Pero me confirmó que lo que veía en mi casa no era una impresión mía.

Lo que sí funcionó

Dejé de pensar en qué sacar y empecé a pensar en qué poner.

Ahí apareció la parte incómoda: no alcanzaba con darle algo a ella. Si yo seguía con el celular en la mano mientras ella pintaba, no había cambiado nada. Solo había cambiado quién miraba la pantalla.

Lo que sirvió fue una mesa, unos lápices y yo sentado al lado. No una hora todos los días. Un rato, algunos días, pero de verdad.

De ahí salió el libro

"Un viaje por Argentina" es eso puesto en 24 páginas: un recorrido de Jujuy a Tierra del Fuego para pintar de a dos, en español y en inglés, con personajes que mi hija ayudó a elegir.

No promete apagar ninguna pantalla. Lo que hace es darte algo mejor para poner sobre la mesa.

Si te pasó lo del martes y el jueves, no sos vos. Era la estrategia.

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